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Aun que el asunto es por demás conocido, no olvidemos que el constante deterioro de la capa de ozono, aumenta aún más el riesgo de padecer cáncer a la piel por la simple exposición a los rayos UVB.

El color de la piel y el tiempo que tarda en aparecer el enrojecimiento cutáneo tras la exposición solar sin protección son factores de riesgo del melanoma maligno en la población mediterránea. La evaluación de ambos elementos con los instrumentos adecuados ayuda a identificar mejor a los sujetos con más probabilidades de padecer cáncer de piel, por lo que podría desempeñar un importante papel en la prevención, según el estudio realizado por un equipo de científicos del departamento de Dermatología de la Universidad de Florencia, Italia.

Esta investigación ha evaluado ambos elementos de forma instrumental, utilizando tecnologías específicas, para correlacionarlos con el riesgo de sufrir melanoma maligno. Primero se midió el color de la piel a través de un cromaméter, que permite realizar estudios cutáneos y obtener datos sobre las manchas, las erupciones y el color de la piel.
Por otro lado, el equipo científico también analizó la sensibilidad a los rayos ultravioleta de tipo B de cada uno de los 143 pacientes con melanoma y de los 102 sin dicha enfermedad que participaron en este estudio.

Para evaluar esta sensibilidad se utilizó la dosis eritémica mínima (MED), es decir, el tiempo que tarda en aparecer el primer enrojecimiento cutáneo tras la exposición solar en una epidermis desprotegida, que varía según sea el tipo de piel. Para calcular esta dosis, el equipo de científicos utilizó un conjunto de cuatro lámparas fluorescentes que generaban ultravioleta de tipo B de banda ancha en las zonas no bronceadas y desprotegidas (por ejemplo, las nalgas). Después de 24 horas de radiación, los primeros eritemas fueron evaluados con un colorímetro, una herramienta que identifica el color y el matiz para una medida más objetiva del color.

También se contabilizó, en cada participante, el número de lunares de un tamaño mayor de dos milímetros y el de aquellos atípicos, ya sea por asimetría, bordes irregulares o pigmentación desigual.
Después de medir el color de la piel y las dosis mínimas necesarias para presentar los primeros eritemas en ambos grupos, se observó una clara correlación entre el incremento del riesgo de melanoma y las variables fenotípicas, tales como el color de los ojos, un fototipo bajo (claro), color de piel, gran número de lunares y la presencia de nevus atípicos. “Cuanto más baja es la dosis eritémica mínima (el tiempo de exposición solar que requiere la piel para que aparezca el enrojecimiento), mayor probabilidad habrá de presentar quemaduras solares y esto es proporcional al fototipo (clasificación visual de los tipos de piel.

Según los resultados de este estudio, esta asociación está relacionada con el incremento del melanoma maligno, llegando incluso a presentarse el doble de probabilidades de desarrollar melanoma en aquellos individuos más vulnerables.
La sensibilidad de la luz solar de cada persona, por lo tanto, puede ser utilizada, junto a las características individuales como el color de la piel y de los ojos o el número de lunares, como elemento clave para cuantificar el riesgo individual de melanoma.
“En este sentido, la práctica MED sería un elemento importante para aumentar las medidas de prevención”, añade el dermatólogo. “En los estudios moleculares y patógenos, conocer más sobre este factor también ayudaría a entender mejor la evolución de los melanomas y otros cánceres de piel”, añaden los responsables de la investigación.

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